Muchas veces en nuestras vidas deberemos hacer frente al final de algo, sea la perdida de lugares, cosas materiales o inmateriales.
Sabemos que nada es eterno pero este saber esta en fuerte contradicción con una ilusión romántica y egocéntrica que impregna nuestro sentir. Cada perdida ocasionara un duelo.
En el caso extremo tenemos las perdidas por muerte o desarraigo pero hoy deseo referirme a la perdida amorosa de una pareja, su separación.
En el momento de la ruptura de la relación, las personas tienen que comenzar un duro trabajo de duelo, determinar las responsabilidades del fracaso de la relación, saber que estuvo mal para poder corregirlo. Se debe enfrentar en soledad ya que el otro no volverá ni ayudara en ese análisis solitario y como corolario aceptar la terminación de la relación.
Este proceso de duelo suele acontecer en fases que adapto libremente del saber de Elisabeth Kübler-Ross que trabajo tan bien cerca de personas próximas a morir. El gran y ultimo duelo. A la fase inicial de retracción, negación y hasta cierto alivio, suele sucederle la ira, para luego dar lugar a la tristeza que idealmente no debería llegar a depresión. Hasta que por fin alcanzamos la aceptación de la perdida y si tenemos suerte un sentimiento de gratitud por lo vivido.
Una separación es siempre un fuerte impacto emocional, aunque a veces sea indispensable o hasta deseada ya que la convivencia este seriamente afectada en su funcionalidad.
Cuando se ha compartido la vida en tantas dimensiones con otra persona, se establece un nosotros en el que hemos vivido mucho y fuertes expectativas, intimidad, cotidianidad, necesidades e ilusiones. Esta ruptura de ese “equipo”, conlleva un sentimiento muy penoso.
Perdemos compañía, amistad, intimidad, una comunidad de bienes, placeres y responsabilidades, perdemos al amante, al que le entregamos nuestro cuerpo y nuestro amor. Pero no debemos perder el amor por nosotros mismos. Es mas resulta deseable amarnos con mas fuerza que nunca.
Hay veces que la separación es la mejor alternativa, sobretodo en aquellas en donde el maltrato físico y psicológico es cotidiano; para los que tienen una relación extremadamente dependiente y se les vuelve un tormento la vida, para los que sufren a raíz de algún tipo de adicción a las drogas o al alcohol.
Allí donde la amargura es una constante y persiste un profundo padecimiento e impotencia. Para esas parejas en las que él vinculo disfuncional agoto al amor y el miedo y la culpa son los principales elementos que los unen, la separación es definitivamente la mejor alternativa y no un fracaso. Aunque ello no te librara del dolor.
En definitiva afrontar el duelo es elegir ponerse una vez rojo y no cien veces amarillo. Es pagar el precio de intentar tener una realidad mas satisfactoria.
Readaptarse, repararse y restituirse tienen su coste pero la esperanza de otro horizonte solo se materializa si cortamos amarras y navegamos. Que bien lo dice el poeta…
Si me caí,
es porque estaba
caminando.
Y caminar vale la pena,
aunque te caigas.
Eduardo Galeano


